Y en ese momento lo vi claro: era todo o nada. No había tercera vía, no había escape. Sólo me quedaba una tarea y era la más complicada de todas: tomar una decisión. Con tanto en juego sobre la mesa y el presentimiento de lágrimas aún por llegar, preparé de nuevo una huída terca que retrasaría el momento, haciendo la situación más dolorosa aún.

  Caperucita le había visto las orejas al lobo a través del gorro de dormir de su abuelita. Era hora de llamar al leñador.

Cuando los jirones de sueño enganchan los pies en mi camino a clase, cuando inmersa todavía en un duermevela cruzo el río colgada de mis auriculares y hago de sardina en el bus, cuando la apatía y el sueño se adueñan de mí y cabeceo somnolienta agarrada al asiento o a un boli Bic, vivo en el país de los libros.

Tal vez se deba a mis lecturas antes de ir a la cama, o al despertar lento que me hace consciente a medias de la realidad circundante. Pero es en esas horas del día cuando veo a Lestat agarrado a una mochila mientras mira ausente por la ventanilla, a su madre dándome clases desde la tarima, a Julián Carax, que puebla los días de niebla la orilla del río y a ese chico de la esquina, que se da un aire al sombrerero loco que veo en mi imaginación. Dicen que Legolas vaga por los pasillos de la FCom, pero es un mito. Se ha hecho rastas y estudia en ingenieros.

Al fin despierto a la realidad, la rutina pasa factura y a menudo le hago un “simpa” con mis amigos. Pero aunque me saquen del gris rutinario, añoraré hasta la mañana siguiente la morriña que dé vida a los personajes que pueblan mi imaginación.

La calidad de una persona no se mide por su belleza, su inteligencia ni qué lejos ha llegado en su vida, sino por los pequeños gestos que tiene hacia el otro, aunque este no sea depositario de sus simpatías.

Ayer tarde, cuando salí de la estación, Sevilla era Londres.

Las nubes negras amenazaban con desplomarse en forma de gotas como un techo con humedades. En mis oídos, la melodía definía un paisaje parecido con la melancolía que sólo el jazz puede otorgar. La Avenida de la Constitución, falta de su luminosidad habitual, mostraba su faceta más fría con edificios que se ceñían sobre el viandante unos metros más altos que de costumbre.

El traqueteo de mi maleta contra los adoquines imitaba a un furioso dios del trueno que anunciaba con insistencia su proximidad.

El suelo cambió de color en segundos, y las goteras se presentaron de improviso, incrementando paulatinamente de tamaño y velocidad. De repente, los paraguas que habían permanecido ocultos bajo el brazo, se desplegaron al unísono, aportando a la escala de grises una pincelada de color mientras la gente se arracimaba bajo su protección.

Cuando entré en la residencia, el cielo se cayó a mis espaldas. Según un amigo, Dios me puso una manita encima. No andaba descaminado. El paraguas que me cubría era un préstamo monjil…

Hoy Daoiz mostraba a las palomas sus puntillas relucientes, dispuesto a pinchar a la que osase posarse en tan ilustre cabeza. Más arriba, volvíamos a estrenar un cielo por el que remoloneaban nubes de aire inocente. El sol me calentaba la cara. Sevilla volvía a interpretarse.

Feria

A falta de ideas para el blog, os dejo aquí un artículo sobre el Sierra Nava que tuve que escribir para “Literatura y Periodismo”. Espero que os guste ^w^

 

     Claudia siempre miró el mar con ojos soñadores. Era el protagonista de sus fantasías infantiles construidas con piratas que atacaban a comerciantes, galeones hundidos preñados de tesoros. Le encantaba hacer navegar por las tardes en las aguas de una fuente a la que los turistas pedían deseos, sus apuntes sobre griegos y fenicios que surcaban los mares para comerciar. Botaba barquitos de papel e imaginaba que los corsarios los asaltaban en un intento por robar las canicas que pasaba al otro lado.  Como ya les ocurrió a las civilizaciones de sus notas, parte de la mercancía acabó en el fondo. Pero la celulosa no ensucia lo mismo que el papel encerado. Los tiempos cambian, y lo que antes era madera y tela de popa a proa, ahora es metal y fuel. Antes sólo jugaba Claudia, ahora juega medio patio de colegio a transportar canicas de un lado a otro de la fuente.

     El Sierra Nava era otro barquito de papel más de los que circulaban en el Estrecho. Igual que el New Flame o el Prestige. Cada día circulan por nuestras aguas cientos de barcos anónimos de los que sólo se conocerá el nombre en caso de que la canica se hunda en el fondo. Ocurre de tarde en tarde, pero un día, el desagüe se atasca y el agua rebosa, vertiendo aguas sucias. Vendrán entonces los políticos como turistas enojados por un salpicón inoportuno en sus ya no tan inmaculados calcetines, inculparán al hijo del compañero de asiento por tirar  una naranja agria culpable del hundimiento con demasiado tino. Los grupos ecologistas, como vecinas en el balcón que observan todo el espectáculo, proclamarán a los cuatro vientos que se veía venir, que la fuente estaba muy sucia y que nadie hacía nada. Y entre todos, buscarán a una cabeza de turco, la proclamarán culpable y le impondrán como sanción pagar o limpiar el desperfecto.

     La grasa no sale bien del algodón blanco. Las multas y las disputas políticas en este caso, son lo de menos. No vale una limpieza, no vale un arreglo. Si el mármol se agrieta, la masilla puede cubrir el desperfecto, pero el daño siempre estará ahí. Las canicas se amontonaron impidiendo la salida natural del agua. Las monedas herrumbrosas dejaron una indeleble huella semicircular en el fondo. La fuente ya no canta, llora lágrimas negras que manchan la piedra. La contaminación ahogó a los peces anaranjados. ¿Quién lavará ahí la manzana de la merienda? ¿Quién se la llevará a la boca?. La fuente  es el centro del sistema de irrigación de un patio de herencia andalusí.  Por las acequias del jardín lleno de naranjos en flor corre el agua contaminada.

     Las naciones seguirán jugando a los barquitos mientras el mar se llena de esqueletos que sirven de hogar a una cantidad cada vez menor de peces. Los mástiles de madera, los tesoros escondidos en la bodega, las mercancías griegas y fenicias que no llegaron a puerto yacen en el fondo junto a montones de hierro, como si quisiéramos hacer un muro de contención. En el caso del Sierra Navas, el papel mojado y algunas monedas fueron retiradas. Se limpiaron los bordes, pero quedaron marcas donde antes había céntimos.

     Quien sea el responsable, ya da lo mismo. Los cazatesoros de mañana encontrarán algo más que ánforas y galeones hundidos entre la arena del fondo.

Tradición
Penitente
Cristo de la Estrella (Sevilla)